domingo, 20 de junio de 2010

Nacimiento de Eva


La selva estaba callada y húmeda. La lluvia había cesado hacía apenas unas horas. La noche abrazaba cada sonido del mundo.
En mitad de la espesura, la luna alumbró un claro entre los árboles gigantes. Allí, encogida entre los helechos, la Vida brotaba en forma de semilla humana.

Al principio, no vio nada. Luego, sintió que tenía ojos, y párpados que los cerraban, y poder para abrirlos, poco a poco, a la oscuridad de la noche. Entonces vio la vida. En forma de pequeños gusanos que surcaban el barro húmedo. Y de insectos brillantes que trepaban por las hojas de los helechos. Y los helechos mismos, que se desperezaban, casi imperceptiblemente, al compás de la respiración de la Tierra.

Sintió entonces su propio latido. Y el aire que llenaba sus pulmones, bien guarecidos dentro de su cuerpo. Con el aire, sintió también el perfume de la tierra, de la hierba, de los animales, de la selva y de la vida misma. Sintió su propio perfume, a sangre, a piel, a lágrimas.
Quiso tomar más de ese aire, y otra apertura de su cuerpo se abrió, en mitad del rostro. En ese momento, cayó una gota de agua desde la punta de una hoja estremecida por el viento. La gota rodó por su mejilla, encontró la boca abierta y se estrelló en la lengua recién estrenada.

Eva descubrió el gusto y el tacto y su propia sed, y acercó los labios a las hojas de los helechos para saciarla con el agua transparente de lluvia.

Luego, se dio cuenta de que estaba sola.
Que no había nadie que la tomara en brazos, que le calmara el hambre, que la mirara y que la viera.
Y quiso compañía. Sus pulmones se llenaron de aire, abrió la boca, y de su garganta salió el primer sonido humano del mundo: Su nombre.
- Eva.
La voz de Eva surcó la oscuridad de la selva, hizo temblar la tierra bajo sus pies, estremeció las copas de los árboles. Eva volvió a hablar, y el estremecimiento recorrió esta vez su propio cuerpo. Se estremecieron sus labios, su garganta, su pecho pequeño, sus brazos, manos y dedos. Eva miró sorprendida allá donde la vibración de su voz había llegado. Movió los brazos y los dedos, y los nombró despacio.
- Brazos, manos, dedos.
La voz vibrante de Eva llegó ahora a su vientre, a sus caderas y a su sexo; y fue despertando calor allá por donde pasaba. Pasó las recién descubiertas manos allí donde la voz vibraba, y continuó nombrando:
- Vientre, ombligo, caderas, sexo.
La voz bajó por los muslos hasta las rodillas, y de allí a los pies, para ir a fundirse con la tierra.
- Piernas.
Eva sintió el calor que la levantaba del suelo. Apoyada sobre las plantas de sus pies, extendió las rodillas y se irguió temblando hacia el techo del cielo.
- Camino.
Y un pie siguió al otro en el primer paso de su larga vida.

1 comentario:

  1. La foto que acompaña al texto fue tomada en Cataratas de Iguazú, Argentina. Un lugar de nacimiento de Eva.

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