lunes, 21 de junio de 2010

Las mariposas blancas

Siempre quiso escribir. Desde que era tan pequeña que no sabía cómo hacerlo.
Los mundos se le aparecían en sueños, y ella los volcaba sobre hojas de papel a la mañana siguiente, antes de ir al colegio.

Y los mundos apenas esbozados la perseguían el resto del día. Volaban en las hojas de papel, cabalgando silenciosos en el viento. La seguían como mariposas de alas blancas, en el patio del recreo. Las veía girar, como jugando, detrás de los cristales de la ventana. Iban volando tras los coches por la carretera. Navegaban con ella, en forma de barquitos de papel, en el agua de la bañera. La acompañaban, volando tras ella, adondequiera que fuese.

La niña creció, y los mundos crecieron con ella.
Ahora las hojas ocupaban cuadernos enteros. Y las noches se llenaban de historias que poblaban, uno a uno, todos sus mundos.

Una mañana, la niña no quiso que los mundos la siguieran adonde iba. Y cerró la puerta de la habitación tras ella. Las hojas quedaron lacias, sobre el suelo; y poco a poco se retiraron a la oscuridad, junto al polvo acumulado debajo de la cama.

Las hojas de papel olvidaron cómo se volaba. Los mundos, uno a uno, se fueron quedando dormidos.

Y entonces, fueron ellos los que soñaron, cada noche, con la niña que despertaba y los volcaba sobre hojas de papel blancas.



Una noche, la que ya no era una niña volvió a dormir en su cama.
Y soñó con los mundos que la soñaban mientras dormía.
Y rescató de entre el polvo los cuadernos de hojas blancas.
Sopló con cuidado cada mundo. Repasó con tinta cada historia.
Y se dio cuenta de que habían seguido creciendo entre las sombras de los sueños dormidos.

Y ya no quiso que la dejaran.

La mujer bailó con las mariposas, y voló con ellas el viento, y navegó en los barcos de papel en el agua de muchas bañeras.
La mujer empujó los mundos con la voz de las palabras; y los hizo crecer y volar en los sueños que otras personas soñaban.

Y cuando la mujer fue una anciana, aún los mundos de la infancia seguían apareciéndose en los sueños. Y cuando ya fue demasiado vieja para llevarlos de la mano, las hojas volvieron a seguirla volando de cerca. Y la seguían por las calles y por las casas, asomándose a las ventanas y bailando en el viento, como una estela de novia hecha de mariposas.

Una mañana la anciana miró por la ventana. Y vio a todos sus mundos allí, esperándola. Y salió descalza al jardín de la casa; y todas las hojas, de la primera a la última, la envolvieron con cuidado, y se la llevaron en volandas, a pasear por ellos.


marzo de 2009
Sevilla
a.m.a.

domingo, 20 de junio de 2010

Nacimiento de Eva


La selva estaba callada y húmeda. La lluvia había cesado hacía apenas unas horas. La noche abrazaba cada sonido del mundo.
En mitad de la espesura, la luna alumbró un claro entre los árboles gigantes. Allí, encogida entre los helechos, la Vida brotaba en forma de semilla humana.

Al principio, no vio nada. Luego, sintió que tenía ojos, y párpados que los cerraban, y poder para abrirlos, poco a poco, a la oscuridad de la noche. Entonces vio la vida. En forma de pequeños gusanos que surcaban el barro húmedo. Y de insectos brillantes que trepaban por las hojas de los helechos. Y los helechos mismos, que se desperezaban, casi imperceptiblemente, al compás de la respiración de la Tierra.

Sintió entonces su propio latido. Y el aire que llenaba sus pulmones, bien guarecidos dentro de su cuerpo. Con el aire, sintió también el perfume de la tierra, de la hierba, de los animales, de la selva y de la vida misma. Sintió su propio perfume, a sangre, a piel, a lágrimas.
Quiso tomar más de ese aire, y otra apertura de su cuerpo se abrió, en mitad del rostro. En ese momento, cayó una gota de agua desde la punta de una hoja estremecida por el viento. La gota rodó por su mejilla, encontró la boca abierta y se estrelló en la lengua recién estrenada.

Eva descubrió el gusto y el tacto y su propia sed, y acercó los labios a las hojas de los helechos para saciarla con el agua transparente de lluvia.

Luego, se dio cuenta de que estaba sola.
Que no había nadie que la tomara en brazos, que le calmara el hambre, que la mirara y que la viera.
Y quiso compañía. Sus pulmones se llenaron de aire, abrió la boca, y de su garganta salió el primer sonido humano del mundo: Su nombre.
- Eva.
La voz de Eva surcó la oscuridad de la selva, hizo temblar la tierra bajo sus pies, estremeció las copas de los árboles. Eva volvió a hablar, y el estremecimiento recorrió esta vez su propio cuerpo. Se estremecieron sus labios, su garganta, su pecho pequeño, sus brazos, manos y dedos. Eva miró sorprendida allá donde la vibración de su voz había llegado. Movió los brazos y los dedos, y los nombró despacio.
- Brazos, manos, dedos.
La voz vibrante de Eva llegó ahora a su vientre, a sus caderas y a su sexo; y fue despertando calor allá por donde pasaba. Pasó las recién descubiertas manos allí donde la voz vibraba, y continuó nombrando:
- Vientre, ombligo, caderas, sexo.
La voz bajó por los muslos hasta las rodillas, y de allí a los pies, para ir a fundirse con la tierra.
- Piernas.
Eva sintió el calor que la levantaba del suelo. Apoyada sobre las plantas de sus pies, extendió las rodillas y se irguió temblando hacia el techo del cielo.
- Camino.
Y un pie siguió al otro en el primer paso de su larga vida.

jueves, 3 de junio de 2010

mayo. ¿Qué es esto de la Vida?

I.

¿Cómo es esto de la vida?
¿Cómo hacemos, para seguir viviendo, para cambiar de casa, de coche, de familia, de pareja, de amigos, de ambientes, de deportes, de ropa, de estación, de trabajo, de ideas, de cuerpo??
¿Qué es esto de la vida?

Quisiera
parar.
Dejar de querer cambiarlo todo en el mismo momento en que lo consigo.
Dejar de…
Es más fácil empezar a, lo sé.
Empezar a tomarme el tiempo para saborear las cosas. Para respirar trescientas veces al día, o las que necesite. Para mirar. Para ver.
Quisiera no querer nada.

Ah. Hacer nada.
Detener me. Para fluirme en el continuo cambio de la vida.
Ser detenida. Para que sea la Vida la que me mueva. No que sea mi ansia la que empuje la vida.
¡Pesa tanto!

Soltar mi cuello. Soltar las manos a los lados de mi cuerpo. Dejarlo flotar, mecido por la corriente. Abrir mi corazón y mis pulmones al ancho mar de la vida. Y dejarme llevar por la marea, que se ríe en secreto de mis esfuerzos por manejarla.
Dejarme llevar…
Pararme y dar tiempo al sol para que me caliente la piel. Dar tiempo a mi alma para que pueda estar presente en cada acto del día.

Qué es esto de la vida, pregunto; como el pececillo que a todos preguntaba dónde podía encontrar el mar.


L A


V I D A


E S



E S T O
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